Una noche de 1870

Una noche de 1870

Su mano comenzó a hacer un movimiento rítmico con la aguja, dando punzadas aquí y allá, e hilvanando con presión cada bordado con el siguiente. Sus dedos hacían los movimientos de una bailarina hasta que uno de los pasos tuvo un error y comenzó a sangrar. Cogió un pañuelo blanco de su pechera y continuó su maniobra hasta que estuvo acabado.

La señora se acababa de levantar y necesitaba un día de calma antes de la fiesta. Su vestido ya estaba terminado y tenía que colgarlo para que se aireara. Ella le hizo una especie de reverencia y salió del salón mientras Ava, su señora, entraba para desayunar. Tenía pensado arreglárselas para ir a la fiesta de esa noche, porque su madre se lo había negado. No había sido nunca amiga de los disfraces, aunque la fiesta era simplemente una reunión de amigos y bailes, las historias de fantasmas que rondaban por la ciudad y sus extranjeros no le hacían ninguna gracia. Su joven hija debía protegerse de esa gente y pensar en su futuro. Ser una señorita de verdad.

Sin embargo, Ava se las había apañado para ir a por unas telas y hacerse su vestido. Su madre no se enteraría porque saldría a escondidas. Además, estaba entretenida con unas tías que habían venido desde lejos para honrar a sus difuntos.

Cuando terminó de desayunar se fue a su habitación. Allí pasó largas horas hasta el atardecer. Entonces, su madre pasó a darle las buenas noches, estaba cansada de atender a sus tías gritonas y se acostaría pronto. Así que, Ava aprovechó para escaparse antes de lo previsto. La criada que le había cosido el vestido estaba al tanto de todo y le ayudaría a escapar esa noche, además de a vestirse. Se encorsetó su traje lleno de capas y de un intenso color rojizo. Las mangas acababan en vuelo y lo complementó con un sombrero y un antifaz negro. Se echó sus polvos, cogió todo lo necesario y salió de allí por la puerta de atrás.

Esa noche de 1870 era bastante fría. Había llovido durante todo el día y el suelo estaba mojado, así que el bajo de su vestido se llenó de agua al salir al exterior. Tuvo que cogerlo con las dos manos y comenzar a caminar por los callejones oscuros. Se oían los bares llenos de hombres que ya gritaban y pedían más bebida. A ella aún le quedaba un largo camino hasta llegar al palacete del señor Mason. Allí se celebra una fiesta con disfraces y todos los jóvenes importantes del condado estarían presentes.

Pero a ella lo que realmente le importaba era encontrar un hombre. Había cumplido diecinueve años y aún no tenía pretendiente alguno. La familia se impacientaba y ella quería complacer sus ansias de pasión con un hombre. Pero, claro, encontrarlo no siempre era fácil. Además, a su madre no le valdría cualquiera. Los de esa noche serían gente de la nobleza y ella había conseguido una invitación gracias a una buena amiga.

Cuando caminaba sorteando los charcos y el barro que se acumulaba en sus zapatos, vio a lo alto unas grandes luces que encendían la gran construcción gótica de la familia Mason. A ella se le iluminó la sonrisa y comenzó a caminar más rápido. Sin embargo, antes de subir la colina le entraron las dudas sobre su disfraz, su vestido rojo empapado de agua y sus tacones sucios. Miró la larga cuesta que debía subir y pasó un cochero que le salpicó de barro. Se sintió desolada y quiso darse la vuelta, pero una mujer agazapada en una esquina que lo había visto todo, la cogió del brazo y le propuso que entrara en su casa. Le dijo que la ayudaría. Ava no se sentía muy segura, pero aceptó con agrado la proposición de la buena mujer.

Entró a su domicilio, que más bien parecía una construcción sin terminar. Se sentó en una de las sillas y esperó a que la mujer apareciera de nuevo. Lo hizo al instante, trayendo consigo unas tazas con algo caliente y una caja con un montón de objetos sin mucha conexión entre sí. Se sentó en la mesa, cruzó los brazos y la miró con una sonrisa picarona.

—Bien, ¿qué prefieres?— La mujer sacó hilo, piel de manzana y un espejo.

—¿Perdone? No le entiendo.

—A ver, muchacha. Si estás aquí es porque necesitas ayuda. Una chica… tan guapa —se levantó y comenzó a rodearla mientras andaba—tan joven y elegante, ¿qué hace por aquí andado? — Ava no dijo nada— Si no me equivoco eso solo puede significar una cosa: amor.

—No, yo no… No tengo a nadie. — La mujer comenzó a reír con mucha fuerza y ella empequeñeció con su piel aún más blanca.

—Ya lo sé, jovencita. Pero estoy segura de que vas a esa fiesta a buscar a tu futuro marido, ¿verdad?

—Puede…

—¿Puede? Ja, ja, ja. Bueno, seguro que podemos solucionarlo. —Le comenzó a tocar el pelo y enredarse con sus uñas negras— Yo me dedico a eso, ¿sabes? Intento adivinar el nombre o la apariencia de tu futuro marido, para que no te sea difícil encontrarlo. Pero tienes que poner un poco de tu parte —Acercó su cara a la suya— No te asustes, no voy a comerte— Volvió a reír.

—Venga, empecemos.

Ava dudó unos instantes, pero sus ganas de encontrar un marido eran más fuertes. Así que, eligió el espejo.  La mujer le contestó que era una buena elección y guardó el resto de elementos de nuevo en la caja. Despejó la mesa y partió el espejo el dos. Ava pegó un grito y la mujer le dijo que no se asustará, que era el procedimiento normal. Le dio un trozo y ella se quedó con el otro.

—Ahora tienes que rajarte la mano a la misma vez que yo.—Le dijo.

Ya no podía dar marcha atrás, así que lo hicieron. Después debían mirar su reflejo frente al espejo. Ava tuvo miedo, porque no quería verse. Sin embargo, ella no fue la que apareció allí, sino un hombre. Vestía con un esmoquin muy elegante, su pelo era negro y recogido, tenía un ligero y pequeño bigote, además se intuía un bastón entre sus manos. Un hombre muy guapo y apuesto, que no tendría muchos más años que aquella joven. Ella sonrió.

—¿Es él? ¿Mi futuro esposo?

—Claro, muchacha— La mujer sonrió triunfante.

Ava se levantó contenta y le dio las gracias. La mujer la agarró del brazo y le dijo que tendría que pagarle por el servicio. Pero ella no tenía dinero, se había escapado de casa solo para ir a la fiesta y volver al cabo de unas horas. No tenía nada encima.

—No te preocupes —Le dijo. — Podrás pagarme de otra forma. Tendrás que matar al joven Mason está noche.

Ava palideció al momento. No contaba con nada de eso, había sido un error entrar allí. Pero ¿qué debía hacer? ¿y si se negaba?

—Pero, pero…

—Si no puedes pagarme no importa, puedes quedarte sola para siempre.

Ava se lo pensó bien, pero sabía que no podía estar sola el resto de su vida. Aún era muy joven, ¿qué pensaría su familia de ella? Eso no podía pasar. Asintió con la cabeza y acepto el trato.

La mujer le ayudó a limpiarse el traje, después se despidieron y ella terminó de subir la colina. Entró en el palacio donde su amiga le presentó a algunos muchachos que andaban por allí. Y en ese momento, negó lo que había pasado y decidió dejar las cosas como estaban. Era solo una vieja mugrienta y loca. Sin embargo, aquel muchacho del espejo apareció a lo lejos y la observó. Ella se sonrojó. Mason pasó por su lado, así que ella aprovechó y sacó de su bolsillo el medio espejo cortado con su sangre. Le apuñaló allí mismo, pero nadie se dio cuenta hasta pasados unos minutos en los que él calló en medio de la pista de baile.

Al día siguiente se levantó con una sonrisa de su cama. Se fue a visitar a sus difuntos con su madre y sus tías. Iban paseando por el cementerio cuando una tumba le llamó la atención. Su estructura era distinta al resto, parecía tener muchos años. Se acercó un poco para verla mejor. La imagen del hombre que allí reposaba era la misma que la del espejo.

Noelia Drojan

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