La leyenda de Jack

La leyenda de Jack

Era una noche cerrada, las almas que aún estaban en la calle solo querían un trago de cerveza o de algún licor fuerte que les quitase la tristeza. Por eso, casi todas las tabernas que había en la avenida estaban a rebosar. Incluso se podía ver a personas tiradas por el suelo mientras decían palabras sin sentido. Pero había un hombre que seguía en pie, bebiendo solo en un rincón de una de las tabernas que seguía ofreciendo cerveza y licores a un precio muy bueno. 

Esta alma, quebrantada de penurias y de su forma de ser, nada amoroso, embaucador y deshonroso, se paseaba por las calles para encontrar a su próxima víctima. No para atacarla o matarla, sino para robarle todo el dinero que tuviera en los bolsillos mediante engaños y planes bien organizados. Y como toda persona tiene un nombre, este se llamaba Jack, Jack O’ Lantern.

Al terminar de beberse la jarra de cerveza que le pusieron hacía escasa media hora, salió de la taberna mientras daba tumbos. Muchos se lo quedaron mirando, ya que pensaban que no iba a durar mucho tiempo en pie de la borrachera que llevaba. En cambio, aguantó el tiempo suficiente como para saber el camino exacto hacia el campo. Necesitaba dar un paseo para refrescarse, así podría volver un poco más tarde a por otra ronda de cerveza. 

Cuando decidió darse la vuelta, ya se encontraba en medio del campo, junto a un manzano. Lo miró fijamente y balbuceó algo al aire. Ningún humano sería capaz de saber lo que quería decir. Pero, de todas formas, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el pueblo. Había llegado la hora de irse a casa y dormir. 

En aquel momento, mientras miraba en derredor, la presencia de algo a su lado lo alertó. Se giró hacia la derecha y se encontró con el demonio. Estaba a su lado, sin pestañear. Su rostro era tosco y algo deformado, posiblemente por el calor del infierno, aunque el olor que desprendía su cuerpo no era tan desagradable como lo habían descrito algunas personas. Le sonrió un poco y volvió la cabeza para seguir caminando. El demonio le cortó el paso. 

Estando delante del humano, este le dijo que había subido para llevarse su alma, no podía existir una persona tan mala encima de la tierra. El humano, al oír aquellas palabras, aceptó su destino, pero le pedio un último deseo: ir a la taberna para beber la última cerveza. El demonio, que no vio ninguna mala intención, le dijo que sí. 

Así que, los dos caminaron hasta la taberna más cercana y se sentaron en la barra, donde Jack pidió una jarra de cerveza. Cuando se la terminó, le pidió al demonio que se transformara en una moneda de plata para pagarle al tabernero, ya no tenía nada de dinero en los bolsillos. El demonio, aceptó con desagrado, pero sabía que se lo llevaría después de aquello; después de volver a su forma natural. En cambio, cuando el diablo se transformó en la moneda, Jack se la guardó en el bolsillo, después introdujo un crucifijo y le dijo al rey del infierno que no volviera a por él hasta dentro de diez años, si no, no lo sacaría de allí. Este, al no poder hacer nada por la acción del crucifijo, aceptó. 

Diez años después, el demonio volvió a subir para llevarse el alma de Jack, que seguía borracho y robando a la gente inocente para pagar las cervezas. Esta vez se lo encontró junto al manzano que había a pocos kilómetros del pueblo, sentado y con los ojos cerrados. Se puso a su lado y le dijo que había llegado la hora de irse al infierno por ser una mala persona. 

Pero Jack, mientras tenía los ojos cerrados, le dijo al diablo que le bajase una manzana del árbol como última voluntad. Este, no vio ninguna maldad en su petición, por lo que aceptó. Se subió al árbol y agarró una manzana. Y ahí fue cuando Jack aprovechó para dibujar una cruz en la corteza. Así hizo que el demonio no pudiera bajar de allí. Un momento ante de darse la vuelta y marchase, dijo: «Quiero que me jures que nunca más a venir a por mi alma. ¡Nunca te la voy a dar!». El diablo aceptó. 

Un par de años después, Jack murió. Y como no podía ir al cielo por haber sido una persona tan mala, bajó al infierno. El demonio, que le juró que nunca se quedaría con su alma, le dijo que allí no se podría quedar, por lo que le dio un trozo de carbón prendido, para que se pudiera iluminar en la oscuridad mientras buscaba su camino en ninguna parte, ya que San Pedro no le abriría las puertas del cielo y él tampoco le abriría las puertas del infierno. 

Jack, que se encontraba en un limbo, agarró el carbón y lo metió dentro de una calabaza que encontró por el caminó. Le hizo un agujero en una las partes para alumbrarse y comenzó un camino sin rumbo. Por eso se dice que el alma de Jack reside en las calabazas.  

Axel Drojan

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