El truco

El truco

Otro día más que la comida escaseaba. Lo único que podía llevarse a la boca era la piel de las patatas, lo que encontraba por el suelo. Con ella, en muchas ocasiones, su madre hacía un pastel, pero el sabor era tan espantoso que apenas tomaba bocado; prefería mil veces más comérselas crudas, porque les ponía un poco de mantequilla recién cuajada y un poco de miel. 

En muchas ocasiones habían hablado de marcharse del país para buscar una vida mejor. Hablaron de marcharse a Europa, aunque a Alda no le gustaba esa parte del mundo. No la conocía, pero sabía que no le iba a gustar, ella prefería quedarse en su país, en su casa; en el lugar donde había nacido y en donde se había enamorado de un chico muy guapo de ojos azules. En cambio, a Belenos le gustaba la idea. De todas formas, los que tomarían la última palabra serían sus padres. 

Así que, pasado un tiempo, y con el estómago algo más vacío, decidieron marcharse a América, donde decían que los sueños se hacían realidad. Y también porque sabían que allí no escaseaba ni la comida ni el trabajo. Había muchas preguntas sin respuestas como, por ejemplo: ¿dónde vivirían?; ¿cómo estudiarían los niños? Y un largo etcétera. Estaba claro que eran preguntas difíciles de responder; lo más importante era salir del país que los estaba matando de hambre y buscarse la vida en otro mejor. Muchos de sus amigos se habían ido hacía tiempo, por lo que ya no les quedaba nadie allí que los aguantase. 

Después de estar yendo de ciudad en ciudad buscando un lugar donde echar raíces de nuevo, encontraron una casa en Maryland. No les gustó al principio debido a las formas que tenían de vivir y hablar los americanos, pero poco a poco se fueron adaptando y aprendiendo el idioma. Los pequeños fueron los que mejor se adaptaron al ambiente americano, haciendo amigos en cuestión de meses cuando aprendieron unas cuantas palabras en inglés. Si bien ya habían escuchado el idioma con anterioridad, nunca lo entendieron hasta aquel momento. 

Al principio, mientras se adaptaban a sus nuevas vidas, los meses pasaron tan deprisa que a ninguno les dio tiempo a dejar de lado sus costumbres más radicales, como la celebración del Samhain. Había llegado la hora de rezarle a los difuntos y dejarles un hueco en la tierra de los vivos por un día, con la precaución de no estropear lo que habían aprendido durante tanto tiempo. 

Con el paso de los siglos, la celebración se fue mezclando con otras hasta hacer una amalgama de fiestas, dando lugar a una muy especial. Una de las cosas que habían evolucionado era el sacrificio de un animal o persona. Ahora los pobres se paseaban de casa en casa pidiendo comida, a cambio, rezaban por sus difuntos. Pero quien se negase, tendría que pasar por una novatada. A veces era tirarle un par de huevos, otras, en cambio, podía ser tirar a la persona al estiércol y embadurnarlo de heces de animales. O de lo que fuera más asqueroso.

Y la noche en cuestión llegó. Las personas se echaron a la calle y comenzaron a pedir comida. Ellos, que nunca lo habían hecho, no tuvieron otro remedio que hacerlo también. Con la comida que recogieran podrían comer varias semanas. Así, mientras Artai, el padre, buscaba trabajo por los alrededores. Ya fuera en el campo o la ciudad. 

Muchos habitantes no abrían la puerta de su hogar por miedo a que aquellas personas les robasen. Otros, en cambio, abrieron y les dieron un pastel. Les dijeron que se llamaba el pastel del alma. Un nombre muy bonito para un día un tanto peculiar y terrorífico. Ellos a cambio les decía que rezarían por los familiares fallecidos. Así estuvieron durante algunas horas, lo suficiente para tener comida para dos semanas y media si la racionaban bien. Y con las manos llenas de pasteles y frutas, volvieron a casa con una sonrisa y con ganas de seguir viviendo en aquella localidad tan amable y acogedora. 

Los niños, en contraposición, querían estar un poco más en la calle, pidiendo algo más de comida. Artai les dijo que ya era suficiente, pero les dio permiso para dar un paseo por las calles de la ciudad y conocer a niños como ellos. Así que, con la aprobación de su padre, se fueron a dar un paseo nocturno, el primero de hacía un tiempo. 

Ayudándose de trozos de madera que encontraron por el parque de la ciudad, hicieron un pequeño fuego para hacer el ritual que estaban acostumbrado por esas fechas. Sus padres no querían hacerlo porque habían cambiado de país y necesitaban adaptarse a las nuevas costumbres. Pero ellos no estaban dispuestos a olvidar tan rápido, no, señor. Así que, usando varias caretas de cartulina para imitar la cara de varios animales, caminaron por alrededor de la fogata y cantaron. 

Estuvieron un buen rato corriendo y caminando por todas partes, y como solo eran unos niños en medio de unas fiestas para adultos, no quisieron entrar en ningún establecimiento al que no hubieran visitado con anterioridad con sus padres. Pero sí decidieron ir a alguna otra casa a pedir algo de comida, estaban un poco lejos de su hogar y no querían recorrerlo con el estómago vacío. Por lo que eligieron la mejor casa de los alrededores. 

Mientras caminaban por en medio de una calle, se toparon de frente con una casa inmensa, mucho más grande que en la que vivían. Pensaron que los dueños de esa vivienda tendría comida de sobra para darles, por lo que se dirigieron hacia allí sin pensárselo dos veces. Entraron en el porche, caminaron lentamente por el camino de piedras y se pusieron delante de la puerta. Tiraron de una cuerda con cuidado, como si esta fuera a cobrar vida y se los intentase comer de un bocado, y sonó una campana. Un caminar pesado hacía que la madera del suelo crujiera sin compasión. Varios segundos después un hombre joven abrió la puerta. Alda le preguntó si tenía un pastel o comida para darle, pero este respondió de mala forma, haciendo que se fueran de allí con cara de pocos amigos. 

La reacción de los pequeños era más que justificada: un hombre los había mandado a la mierda sin necesidad. Tan solo eran unos niños. Así que, se dijeron que como no les había dado comida tendrían que hacerle una novatada. 

Pero había un problema. Cuando hicieron la fogata, dijeron cosas que no debieron. ¿Quién lo sabía? Ellos no, por supuesto, pero el espíritu que se había colado en la tierra de los vivos, sí. Y ahora iba detrás de ellos para protegerlos, dado que era gobernado por el rey celta más grande que jamás haya visto la humanidad y los dioses. 

Este, cuando los vio sentado en los escalones de una casa, se acercó y les dijo que había llegado el momento de hacer la primera novatada del año. Dicho eso, los tres caminaron de nuevo hacia la puerta de la lujosa casa y volvieron a tirar de la cuerda. Pocos segundos después se abrió la puerta, el mismo señor sacó la cabeza. Y justo antes de que pudiera decir algo, el espíritu lo agarró del cuello y lo arrastró por el camino de piedra, el porche y lo llevó hasta la parte de atrás de la casa. Los gritos del joven resonaba por todas partes, pero nadie se acercaba a ver qué pasaba, era una noche para jugar y comer con los amigos. 

Lo sentó en el suelo y, de la nada, sacó una espada. A lo lo lejos, la fogata se iluminó de tal forma que alumbraba media ciudad. Pero no un fuego rojizo, sino azul y verde. A veces cambiada al morado o al gris. Con el arma en la mano, dijo que su alma murió en Britania, donde unos espíritus le arrebataron el alma. Y ahora le tocaba a él entrar en el mundo de los muertos y obedecer al rey celta para toda la eternidad. En aquel momento le clavó la espada en el cuello y una explosión grisácea dejó a los pequeños sin visión. Y sin alma. 

Todo fue como un truco de magia, porque cuando la luz grisácea desapareció, no quedó rastro de ningún cuerpo, ni del adulto ni de los muchachos. 

Axel Drojan

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