Enemigos de Roma

Enemigos de Roma

Corría el año 43 d.C., los soldados estaban exhaustos después de la batalla. Eran los vencedores, por lo que podrían descansar un poco antes de recibir las siguientes órdenes del general en territorio controlado por ellos, los romanos. El emperador Claudio estaría más que orgulloso del magnífico ejército. Aunque debían tener cuidado, los celtas tenían mucho más poder de lo que ellos pensaban. Pero ahora han ganado ellos, eso era lo importante. 

Primero había que asentarse y hacer que todo el mundo los obedeciera, las celebraciones vendrían más adelante. Aunque también era cierto que muchos querían celebrar la Feralia. Se acercaba el día especial de conmemorar a los fallecidos: familiares, amigos, hermanos o los caídos en combate, que no fueron pocos. La sangre corría por las entrañas de aquella nueva y misteriosa tierra, donde decían que el demonio se levantaba una vez al año, invocado por los druidas. Tal vez, en el mejor de los casos, lo mejor sería esperar a que todo se calmase y ver si más adelante se podía celebrar la festividad. 

Y fueron pasando los días, semanas, meses hasta que poco a poco todo se fue apaciguando. De vez en cuando, mientras los soldados británicos se asentaban en los alrededores para atestar el golpe definitivo que les daría de nuevo sus tierras, los romanos comenzaron a celebrar la Feralia o Parentallia, como algunos la llamaban. Había llegado febrero y el frío seguía azotando con fuerzas. Si bien, los primeros signos de vida terrenal se abría paso por entre las tumbas improvisadas, desde margaritas, flores de guirnaldas hasta violetas. Solo tendrían un par de días, así que debían aprovecharlos al máximo para honrar a sus difuntos. 

Lo primero que debían hacer era preparar una zona para poder llevar algunas ofrendas; luego, se hablaba sobre los familiares muertos y se contaban historias unos a otros. Como no estaban cerca de sus tumbas, hacían una ofrenda cerca de los árboles, para que la diosa Pomona les llevase los alimentos a través de la tierra. 

Y mientras todo aquello sucedía, algunos soldados decían que las tierras que acaban de conquistar estaban malditas, pues habían visto con sus propios ojos cómo la comida se ponía mala en tan solo varios días. No obstante, con los ojos puestos más allá de las murallas defensivas, se imaginaron a todas las almas que danzaban por el Tártaro caminando libremente durante los días que durase las fiestas, para que pudieran descansar del castigo eterno. 

Al final, como todas las festividades que hay encima de la tierra, la Parentelia terminó; pero el paso del tiempo dio lugar a otra festividad que también gustaba mucho a todo el mundo. En este caso, tocaba rendirle culto a Pomona, diosa de la fruta y los árboles. Tan solo tendrían que cuidar los alimentos que estos gigantes de madera les daba y comer. Comer mucho, hasta reventar. Para el caso, habían cazado desde cochinillos hasta ciervos. Así que, tendrían una buena mesa repleta de carnes. Tampoco podía faltar el vino y la hidromiel, mucho menos el miedo a que soldados celtas se acercaran a las murallas de madera y quisieran atacar en medio de la noche, mientras estuvieran borrachos y con la barriga llena de carne y frutas. 

Así que, muchos de los romanos se pusieron en alerta en cuanto, en medio de la noche, la niebla comenzó a inundar el espacio. No era la típica niebla a la que estaban acostumbrados, sino una muy espesa. Y mientras muchos de los soldados llenaban barriles de agua y echaban manzanas para jugar, otros se dedicaban a observar las estrellas. 

Al otro lado de la niebla, una sombra de apariencia espantosa y endemoniada se plantó delante de los romanos sin que se dieran cuenta. Había llegado el momento de jugar a algo muy especial: el Samhain había llegado. Con esta festividad encima, aquella sombra sonrió, dejando a la vista sus dientes afilados y preparados para desgarrar la carne de un solo bocado, como los lobos, los osos, o el mismísimo demonio. 

La música y los cánticos resonaba por el ambiente, haciendo que todos los soldados quisieran bailar y ponerse a alrededor de algún barril para coger manzanas con la boca. Si eran capaces de cogerla se la podrían comer, pero el juego trataba de coger todas las manzanas que pudieran en el menor tiempo posible. Corría el riesgo de que muchos de ellos sufrieran la ira de los compañeros y hermanos, hundiéndoles la cabeza hasta el fondo del barril, con lo que ello provocaría. En cambio, se reían y abrazaban en todo momento. Incluso hubo besos. Besos apasionados entre varios soldados escondidos detrás de la sangre de Pomona. Y como la noche ciega al defensor y el corazón arde en sentimientos, afinado por el vino, la pasión de esparció por el terreno de batalla. ¿Podría ser los primeros síntomas del juego de la sombra? 

No se sabe si realmente era el juego de la sombra madre, pero lo que sí estaba más que asegurado es que, en medio de la niebla, en otro lugar del campo, una veintena de sombras comenzaron a desplazarse en dirección a la muralla defensiva romana. Parecía que volaban por el terreno, ya que no se oía el caminar de los mutantes. Y eran mutantes porque algunos de ellos llevaban en la cabeza una especie de sombrero que los convertía en un símbolo de la maldad. Lobos, corderos, jabalíes… Por los hombros caían prendas tales como ¿cuero? No. Se trataba de la piel de animal. Es decir, las sombras tenían como abrigo pieles de animales sin curtir. 

Cuando se acercaron a la muralla, uno de ellos sacó de debajo de la capa una hacha pequeña, con la que taló pequeñas porciones de madera. Pocos minutos después habían logrado hacer un agujero por el que se colaron. Para muchas mentes, el agujero sería demasiado pequeño como para que una persona cupiera sin problemas por ahí. Pero lo que olvidaban era que ellos no eran personas normales, sino espíritus recién salidos de la tierra de los muertos para hacer lo que estipulaban las leyes celtas. 

Uno de ellos, el más joven, pudo meterse por el agujero para luego deslizarse hasta uno de árboles que había enfrente de él, donde varios soldados se besaban con pasión. Luego, mientras esperaba y se reía, se acercaron los otros dos. Se rieron hasta que le dolieron las tripas. Y cuando llegó la hora de hacer el trabajo, agarraron al que tenían más cerca y lo arrastraron hasta las profundidades de la espesa niebla. El espíritu que se quedó agarró al otro soldado, se le acercó a la boca y un vapor verdoso salió de sus entrañas para introducirse en el cuerpo del romano. Este se distribuyó por todas partes hasta llegarle al cerebro, donde dio la orden de caminar hasta los barriles y echase gotas y polvos de mandrágora. 

¿Cómo había llegado hasta ahí una planta que aún desconocían? Fácil. El espíritu, tras haber inoculado el vapor, hizo que las semillas de mandrágora crecieran en su interior. La planta tardó en crecer varios minutos, el tiempo necesario para que el romano se pusiera en pie y comenzase a caminar por entre los barriles. El polvo salió de los oídos; las gotas de los ojos, en forma de lágrimas. 

Y mientras los romanos se drogaban hasta el punto de quedar exhaustos, el prisionero gritaba pidiendo ayuda, pero los espíritus solo reían y reían. Cuando llegaron al pueblo celta, lo sentaron enfrente de la hoguera y varios druidas con cabezas de lobos y cerdos se le acercaron; había llegado la hora del sacrificio para el pueblo. La vida de un romano por todas las vidas celtas muertas en batalla. 

Unos de los druidas agarró un cuchillo fino y lo clavó en el cuello del romano, provocándole un profuso sangrado. Los espíritus miraron al pueblo, reunidos a alrededor del fuego y juraron lealtad y venganza. 

Esa misma noche, usando la niebla y la droga, se alzaron en armas contra los romanos. Querían recuperar su territorio, su vida, su sangre; vengar a sus familiares muertos y al rey. Esa noche acabaría todo. Pero no para el romano sacrificado, su alma sería enviada al Tártaro, donde se revolvería en sufrimientos para toda la eternidad. 

Axel Drojan

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