SALTAR INTRO

En primer lugar me siento obligado a dar una excusatio non petita, aun sin ser culpable de nada… Mis buenos amigos los Drojan me dijeron que podía escribir algo, lo que me pluguiere, para su web (una web que no necesita precisamente de mis servicios, ya que está muy completita ella sola) y aunque últimamente recelo de mi propia escritura y procuro reticencia de ponerme a teclear, a veces caigo, desfallezco y muero, como si fuera mi vida un soneto de Garcilaso, y voy y me pongo a escribir. En fin: heme aquí —y sírvanos este parrafito como introducción—; sí, sí, talmente como la introducción musical de un capítulo (el primero en nuestro caso) de una serie cualquiera.

Como es bien sabido por unos pocos y absolutamente desconocido por otros muchos, a mí me da por escribir, o hablar o pensar, de cualquier cosa, aun quisicosa, que se me cruce por la vida o por las mientes, y hoy quiero despotricar, con ánimo de zaherir, ciertamente, aunque también con un (leve) impulso conciliador, de una cosa muy fea, muy fea, muy fea, que me toca ver, y padecer, casi a diario: se trata de esa frasecita (llévesela pateta) con que he titulado este desbarre mío: «saltar intro». Así me dice la smart TV, que poco de smart tiene, desde luego; así me ofrece con obscenidad y alevosía el Netflix, o Prime, o quien sea de turno, cada vez que nos ponemos una serie. Pero permitid que me desahogue: le damos al munífico botón del play, listos para entrar en liza mística, y la estulticia moderna que hay tras los canales estos (o plataformas o como diantres se llamen) no tiene otra cosa con que insultarnos (como si fuese poco ya el iterativo pinchazo de la publicidad) que con esta intromisión perjudicial, proterva y anticarpetovetónica: saltar intro. ¡Serán desgraciados!

Ahora viene una parte del artículo más mesurada y que pone en antecedentes históricos, e intrahistóricos, al lector poco avisado que no se haya enfadado tanto como el autor: No sé, aunque lo sospecho con una fe que casi es certidumbre, si el concepto de serie televisiva lo inventó Charles Dickens, pero a no dudarlo el dicho concepto tiene unas características y límites precisos y específicos, límites y características que hemos de ponderar adecuadamente y con el debido respeto, pues que si no: ¡aterrizaremos en la idiocia!, en una de la que ya no podremos retornar acaso. Las series de televisión poseen, ciertamente, una introducción que se repite cada comienzo de capítulo, y esto no es baladí. Entendámonos: tal vez en el futuro carezcan no solo de enjundia y de gracia las series de televisión, sino también de tema introductorio; y no digo que no sea posible, o probable, mas representa para mí la antítesis de lo que para mí representan las series.

Debemos retrotraernos a un tiempo en que no había esto de la televisión a la carta. La serie, Dragon ball, o Las tortugas ninja, empezaba en un canal determinado a una hora —en teoría— precisa; el canal no fallaba pero con la hora te la podían jugar. Recuerdo haber esperado eones con la tele encendida a que terminara lo que fuese para ver el capítulo (semanal, una vieja dosis muy sana) de Northern exposure. Y aquí ya tenemos una «introducción a la introducción», por así decir: un espacio mental preparatorio, una antesala en la que sencillamente «esperar»; amigos míos: la expectación, en aquellos días, era mística y consuetudinaria. Pareciera que el mundo girara más pausadamente.

La propia introducción musical (y por favor, estoy harto de este sesquipedalismo a la inversa que nos insulta y anega: estoy harto de «intro», de «promo», de «info», meteos donde no pica el sol esas aberrantes contracciones anglomierderas), la música misma es ya una antesala mística, es la preparación al salto al vacío, la necesaria frontera entre los mundos. Porque esto es así: si vemos una serie de televisión sin abandonar este mundo y entrar en ese distinto que nos proponen, lo estamos haciendo fatal; peor. Por lo tanto la iteración, repito, no es baladí, sino necesaria, es más: imprescindible. Música e imágenes que sirven de puente entre mundos.

Yo recuerdo con cariño un montón de músicas y secuencias de introducciones a series, a veces las cambian ligera o contundentemente, pero su función mágica persiste. Si os canto:

«Woke up this morning, got yourself a gun»

Gritáis: ¡Los Soprano! Y se os viene todo de golpe, talmente como recordar otra vida. Otra, sí, que no esta, y sin embargo: nuestra; como un dalái lama reconociendo sus viejos juguetes.

«After the night, when I wake up, I’ll see what tomorrow brings»

 ¡Vikingos! Y un sabor a salitre y viento os llena la boca al gritarlo.

Como vemos, pues, la introducción es una oración, una invocación. ¿Y qué derecho y qué razón asiste al idiota (porque de eso se trata, de un auténtico badulaque) al que se le ha ocurrido incluir esa función proterva, saltar intro, para insultar y maldecir de esa manera a la pobre audiencia, a mí, a mi familia? Digo yo.

Ningún derecho le asiste; pero razones tiene: busca nuestra perdición. Recordemos esa advertencia que nos dejara, Negro sobre blanco, mi buen Fernando Sánchez Dragó: «El maligno se embosca siempre en lo baladí». Y bien cierto que es. Cuántas pobres almas cándidas se habrán habituado a pulsar el fatídico botón, saltar intro… sólo imaginarlo acojona. Estos seres están, mi deber es decirlo a las claras, incompletos; son deficientes de tanto saltar intros.

Es por tanto, ese botón, un signo fatal de los tiempos. También René Guénon nos puso en guardia contra él (sí, señor, específicamente contra ese malvado botón) en su El reino de la cantidad y los  signos de los tiempos.

No hace falta que lo diga a estas alturas, pero la introducción es absolutamente cardinal para la vivencia perfecta de la serie, del capítulo que nos toca. Y no me importa, señoritos y señoritas, que estéis viendo tal o cual serie en modo maratón, no me importa nada: cada capítulo requiere de su introducción. (Por supuesto que los resúmenes y avances son una jodienda y un estorbo, eh, que quede claro).

Y así andamos, cada vez peor, con prisas por terminar de ver la serie en vez de con ávida expectación por que empiece y con búdica querencia por que nunca termine, como debiera ser.

No os saltéis las introducciones, por favor, todos los prolegómenos son inexcusables.

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