«La chica que vive al final del camino», de Laird Koenig

Las expectativas siempre juegan una mala pasada. Cuantos más libros leo, más me convenzo de que las frases gancho y las reseñas sensacionalistas no hacen un grato favor a las historias. ¿Por qué debemos tener miedo de decir que un libro es tan sencillo como atractivo? 

Por si aún no te has dado cuenta, voy a hablar del libro «La chica que vive al final del camino» y cómo me defraudó y embaucó al mismo tiempo. 

«Una novela que presenta a uno de los personales infantiles más diabólicos de todos los tiempo», así reza una de las frases de la contraportada sacadas de The Telegraph. ¡Menos mal que no leí la sinopsis! Hubiera sido demoledor.  A veces pienso que deberían estar prohibidas las contraportadas. Por eso, normalmente procuro obviarlo antes de empezar un libro, pero la carne es débil y en este caso caí en la tentación de leer un poco. Lo justo para adentrarme en la historia pensando que iba a ser un thriller de terror psicológico brutal, esperando en cada vuelta de página que pasara algo nuevo que me diera un vuelco al corazón. Y esperando y esperando, me perdí lo mejor de esta novela.

Me parece que el autor Laird Koenig logra generar unas escenas de tensión que pocas veces he leído. Realmente la niña me parece perturbadora, así como el ambiente de esa casa y todo lo que le rodea. Pero para nada es una novela policiaca de Agatha Christie, ni mucho menos el personaje más diabólico conocido. A menos que el periodista de The Telegraph solo lea el catálogo de Navidad de Disney. Me fastidia bastante tener que hablar de todo esto, porque después de interiorizar lo leído me parece un gran libro. Estoy segura de que lo volveré a leer. Sin embargo, lo haré sabiendo que tengo que disfrutar del camino, de cada conversación, de los movimientos de los personajes, las descripciones del lugar, el clima y el paisaje. Pararme en la fina inteligencia de una niña que no parece serlo. 

De hecho, Rynn me parece que nada tiene de diabólica. No, si pensamos que hacer daño a los malos está mal. Tiene hueco para el amor, la nostalgia y la compasión. ¿Te parece eso demoniaco? No sé, quizá hay alguien que saca de la chistera lo que no hay. Todo lo queremos convertir en un terror que llegue a las generaciones que van al cine para gritar con los sustos predispuestos para ello. Y convertimos cualquier libro siniestro en algo increíblemente oscuro. Solo con poner la etiqueta de «gótico» nos vale. Eso te salva el culo cuando algún lector dice: no es lo que esperaba. «A ver, yo nunca dije que fuera terror, yo dije G.Ó.T.I.C.O.». 

Si sumamos a eso que el principio de la novela encaja perfectamente con esas expectativas de ir cada vez a más hasta que el globo explote en un éxtasis absoluto, pues la decepción es inevitable. 

Todo esto deja a un lado temas realmente interesantes, como son: la pederastia, la infantilización, la escolarización o la integración de los inmigrantes en el siglo XX en Estados Unidos. Demasiada chicha para reducirlo a «la más», «mejor» o «la única» ni más ni menos que «de todos los tiempos». Al final, va a tener razón Rynn cuando reafirma las palabras de Emily Dickinson: es mejor no salir de casa, salvo que la urgencia te lleve de la mano. Pienso que el mundo está bastante loco para pensar que aquí la loca es ella. A veces es mejor entrar en casa y cerrar la puerta. 

No te recomiendo sino que te reclamo encarecidamente que lo leas. Pero que tú lo hagas bien, que mis errores sirvan para evitar los tuyos. Enciérrate en casa con la chica que vive al final del camino y olvídate de todo lo demás. Quizá nunca más quieras salir. 

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