El pueblo Lavanda – El mundo aterrador de los Pokémon

El pueblo Lavanda

Cuenta una leyenda….

Una extraña figura dormitaba bajo la oscura y fría lápida. Esperaba con entusiasmo ser cazado y estaba agazapado a la espera de cualquier pasajero que entrara en Lavender Town. Allí había miles de muertos convertidos en fantasmas. Al principio, pensó que estaba viendo esculturas, debido a la rara forma de las piedras. Estaba atravesando un lugar santo y no había cruces al estilo occidental. Pero la música comenzó a sonar y su cuerpecito tembló. Un sonido espeluznante que no había oído antes le hizo detenerse. Notaba náuseas y un sabor amargo en la garganta. Pero su curiosidad era insaciable y caminó por aquel lugar con olor a incienso. Cada una de las piedras tenía un nombre escrito en japonés. El color lavanda se hacía cada vez más intenso y notaba como algunos objetos se movían. 

La música aumentó de volumen y le sobrevino un intenso dolor de cabeza. En ese momento pausó la pantalla para ir al baño. El sonido paró a la vez que lo hicieron las punzadas en la nuca. Miró su pequeña agenda de Pikachu y comprobó que era sábado: el día de su décimo cumpleaños. Su mente se sumergía tanto en aquella pantalla que olvidaba todo lo demás. Por la tarde llegarían los invitados y su casa olía a té, harina de arroz y judía roja, su combinación provocaba un leve aroma dulzón que hacía que le rugiera el estómago. Fue hasta la cocina, pero su madre pronto le echó de allí, pues tenía mucho que preparar y muy poco tiempo.

Así que, decidió sentarse de nuevo en su habitación y encender el juego. Mientras la pantalla giraba para encenderse del modo suspenso, como lo había dejado para jugar más tarde, sintió un frío en la nuca. Se rascó y dejó que la mano calentara la zona, pero el frío le penetraba por dentro. Giró bruscamente la cabeza sintiendo que había alguien tras su espalda. No había nadie más que él en la habitación. Siguió fijando su mirada en la pantalla coloreada de un color rojizo y azulado. Se dio cuenta de que en la extraña ciudad fantasma había una gran torre. Se adentró al compás de la música, mientras su cabeza seguía molestándole. Sentía presencias a su alrededor, pero no quería dejar de jugar. 

Cuando su madre le llamó para comer, él había estado horas jugando y tenía los ojos rojos. También le sangraba levemente la nariz. Sus manos estaban agarradas a la videoconsola, contestando a su madre solo con gestos de cabeza. Tuvo que arrancárselo de sus manos para poder llevárselo a la mesa. Mientras se limpiaba la nariz y caminaba hacia el comedor, se dio cuenta de que una sombra le estaba persiguiendo. Lo había notado por la mañana, pero se había intensificado. Ahora era más real. «¿Alguna oscura presencia podía colarse en el mundo real?». Estaba nervioso e irritado, y, aunque su estómago le reclamaba comida, no quería atender sus suplicas.

Sus padres hablaban animadamente cuando llegó, se sentó cruzando las piernas y cogió los palillos. Removió el arroz una y otra vez, sin probar bocado. Solo lo hizo cuando su padre le obligó. Incluso le preguntaron si se encontraba mal y quería que cancelasen la fiesta, a lo que el niño respondió que no. Prefería estar con gente, por si aquella entidad maligna le atacaba. Tras la exigua cata de comida, su madre lo llevó a la cama. Era mejor que descansara antes de la fiesta. Los invitados no llegarían hasta dentro de unas horas.

Él aceptó de buena gana y se dejó arropar por su madre, que se agachó para darle un beso. Antes de marcharse de la habitación, se acercó a la consola de su hijo. Apretó un botón y sonó una musiquilla. Como no sabía apagarla, la dejó encima de la mesa. El sonido no era demasiado alto para molestarle mientras dormía. 

El pequeño daba vueltas sobre sí mismo, se tapaba los oídos e intentaba dormir. Pero su mente le transportaba a la torre Pokémon. Los fantasmas le rodeaban e intentaban asesinarle, eran más listos y rápidos que él. Le latía muy fuerte el corazón y la música penetraba en sus delicados oídos. Un sonido gutural que le penetraba por todos los orificios de su cabeza. Sintió que una presencia le tocaba el pie y una sombra negra se instalaba delante de su cuerpo dormido. Se despertó de un susto. La nariz le volvió a sangrar, estaba vez con más intensidad. Había manchado de sangre su camiseta y parte de las mantas. Se dio cuenta de que la música seguía sonando, eso le hizo pensar que era real y no solo un sueño.

Una pequeña luz violácea deslumbraba parte de la habitación. La consola estaba encendida, ubicada aún en ese pueblo y apunto de entrar en la torre Pokémon llena de fantasmagóricos personajes. Era la ciudad de los muertos. Eso le irritó mucho, porque no podía dejar pasar al mundo de los vivos a esas criaturas que intentaban hacerle daño. De hecho, presentía que el camino ya había comenzando. «¿Había vuelta atrás?», es lo que se preguntaba.

Cogió la máquina y un pitido de baja batería se hizo eco por la habitación. Se fue corriendo a cargarla y volvió a poner el suspenso. Después se fue enfadado a buscar a su madre. Le increpó, estaba furioso, colorado de la rabia. Su madre no le dio importancia, eso empeoró su estado. Le ordenó que se duchara al verlo empapado de sangre tras haber emanado de sus fosas nasales. Él le hizo caso resoplando y aún enfadado. 

Al cabo de una hora, los invitados empezaron a llegar con un goteo incesante. Todo el mundo quería saludar al pequeño cumpleañero, pero él estaba encerrado en su cuarto con todas las luces encendidas, evitando que la sombra volviera a aparecer a sus espaldas. Siguió jugando, pues creía que si lograba salir ileso de la pantalla también lo haría en el plano real. Su padre entró y le arrastró hacia los invitados, advirtiéndole primero que se comportara bien con ellos y les agradeciera los regalos. El pequeño le hizo caso y siguió sus pasos hacia el tumulto de gente, no sin antes meterse la consola en el bolsillo del pantalón. 

La vida social le hizo sentirse un poco mejor, además la música no se escuchaba y eso le aliviaba un poco la sensación de malestar corporal. Si bien, el día iba cayendo y eso le provocaba un miedo atroz. La sombra negra se hacía cada vez más intensa. Se sentía atrapado, no quería que esa cosa le hiciera daño. Cuando la fiesta se tranquilizó y la gente charlaba de forma distendida, su madre le dejó que volviera un rato a su habitación. No sin antes darle un beso. Habitualmente no le gustaba demasiado, pero esa vez se lo dio de forma intensa y especial, porque su cabeza daba vueltas y pensaba: «¿será el último?». También se dirigió a su padre que hablaba con otros hombres en la sala contigua y abrazó fuertemente sus piernas. Después se marchó de nuevo a su habitación palpando su bolsillo. 

Cuando se encerró de nuevo, encendió la pantalla y la música sonó de nuevo. Miró por todos los rincones de la torre, pero no era fácil salir de allí. Estaba atrapado. La sombra se acercó a su cuello, susurrándole al oído. La ventana de su habitación se abrió y entró una ráfaga de aire frío. El niño siguió fijando sus ojos irritados en la pantalla mientras meneaba los dedos intensamente hacia todos los botones. La sombra le abrazó, atrapándole, para arrastrarlo con él hacia un mundo extraño y espiritual. Su mano se agarró a un frío metal para conseguir sacárselo de encima, apretó fuerte y sintió una punzada en el estómago. Dejó caer la consola al suelo, mientras la música seguía sonando. La sombra negra iba desapareciendo y su cuerpo relajándose. La pantalla Game Over dio por finalizada la partida. 

Un tiempo después sus padres entraron en la habitación y encontraron a su hijo de diez años tirado en el suelo. Una mancha de sangre empapaba la alfombra. Su mano estaba agarrada al cuchillo que atravesó su abdomen. 

Qué sucedió tras la creación de El pueblo Lavanda....

Se dice que se quitaron la vida hasta 100 niños tras la salida del juego en 1996. Es una cifra aproximada, pues hay quien no descarta que fueran más. La música inquietante y un sonido que solos los más pequeños podían apreciar, el estrés de esa ciudad fantasma del juego o la adicción a la pantalla, se han barajado como los motivos por los que sucedieron los hechos. Otros dicen que nada tiene que ver con aquel juego ni con su música. 

Muy probablemente los sucesos tuvieron que ver con la adicción al juego, la depresión u otras causas psicológicas y emocionales de aquellos niños. Es posible que la mecha se encendiera cuando pasaban horas frente a la pantalla, pero muchos expertos que estudiaron los casos aseguraban que no fue la causa o el detonante principal. Lo que sí está claro es que los padres se alzaron contra esa situación, porque vieron en el juego un arma peligrosa y creían realmente que hacía daño a los niños. Por eso, los programadores de Pokemon se pusieron manos a la obra para modificar la música y que el lugar fuera más agradable.

Poco a poco desapareció el problema, la torre Pokémon cambio de nombre y la ciudad Lavanda tal cual la concibieron en su origen desapareció para siempre, o al menos no se habló más de ello. No es de extrañar que este tipo de macabras situaciones sucedan en Japón, pues es uno de los países que lideran las estadísticas. Lo que sorprende es el rango de edad en que se produjo: niños de entre 9 y 12 años fueron las víctimas de esta situación. Fuese la música o la inquietante ciudad, lo cierto es que esos niños desaparecieron. Y no se puede negar que el sonido es bastante perturbador. 

Referencias bibliográficas:

Bellido, A. (2019, 29 octubre). Síndrome de Pueblo Lavanda, el terror se apodera de Pokémon. Senpai. https://www.senpai.com.mx/noticias/videojuegos/pueblo-lavanda-pokemon-game-boy-creepypasta-halloween/

Castillo, J. (2021, 3 diciembre). Pokémon: La leyenda de Pueblo Lavanda, explicada. Alfa Beta Juega. https://alfabetajuega.com/pokemon/pokemon-la-leyenda-de-pueblo-lavanda-explicada-n-75491

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