El origen de la casa Matusita – Una maldición eterna

Podcast: leyenda narrada

IMPORTANTE: No todos los datos que se narran en este Podcast son reales. Es una leyenda ficcionada. 

Cuenta una leyenda...

No era un día extremadamente caluroso, pues el viento pegaba con fuerza haciendo que el barco se tambaleara. La tranquilidad de la mar y el sibilante sonido del viento dejaron de oírse al llegar al puerto. Las olas rompían con fuerza en la playa mientras la gente gritaba hacia la embarcación. Todos querían ser los primeros en volver a acariciar a esa persona especial que hacía meses que no veían. 

Agosto era el mes de los reencuentros. Sin embargo, no todo el mundo esperaba compañía en Lima aquel verano de 1753. 

Una mujer visualizaba aquella estampa desde el balcón de su camarote. No tenía prisa en salir, así que se dio su tiempo para contemplar el paisaje mientras fumaba de su larga y puntiaguda pipa. No quería salir con el tumulto, ya que era un blanco perfecto para los ladrones. Su pelo rubio y su piel extremadamente blanca la delataría en seguida y no quería empezar mal su estancia en aquel lugar, al menos no todavía. 

***

Se paró frente a una fachada clara que hacía esquina entre dos avenidas importantes del centro de Lima. El edificio no llamaba la atención especialmente, algo que le beneficiaría gratamente. Estaba compuesta por numerosas ventanas y dos plantas, «bastante grande para una sola mujer, ¿no cree?», es lo primero que le dijo su casera al verla llegar. La miró de arriba a abajo inspeccionando su vestimenta y su ondulado pelo rubio. Tenía pinta de tener dinero y ella lo necesitaba. 

Le entregó las llaves después de enseñarle cada una de las habitaciones y hacerle el imprescindible cuestionario: ¿a qué se dedica?, ¿de dónde viene?, ¿qué pretende hacer en Lima? Pero la enigmática joven sabía muy bien cómo contestar, las evasivas formaban parte de su estrategia. Todos esperaban que su marido, un posible militar, empresario o jefe importante de algún Estado se uniera pronto al nuevo hogar y formaran una familia. Sin embargo, ella tenía planes muy distintos. 

Tan solo unos días después varios hombres golpearon su puerta. Ella estaba decorando las estancias, especialmente una de ellas, donde había puesto una mesa larga y varias estanterías, que en ese momento aún estaban vacías. Bajó apresurada para abrir: era lo que estaba esperando. Apenas tardaron unos minutos en dejar las cuatro grandes cajas en la estancia que les indicó. 

Cuando se quedó a solas de nuevo, las abrió con entusiasmo, tocando cada instrumental médico. En el barco había conocido a un cirujano al que le habló sobre su pasión por la ciencia. Fue él quien le consiguió todo el material, que iba con una carta: 

Querida, Parvaneh Dervaspa 

Te mando todo el instrumental que he podido conseguir. No es mucho, pero puede serte de mucha utilidad para comenzar con tus investigaciones. 

Voy a estar todo el invierno recorriendo América y espero poder reencontrarnos de nuevo el verano siguiente. Me haría mucha ilusión volver a saber de ti y que me cuentes todo lo que has hecho durante ese tiempo. 

Ha sido un verdadero placer para mí conocerte. Eres una mujer valiente y ojalá puedas formarte un gran futuro en esa ciudad tan linda. 

Con mucho cariño, 

De un anónimo cirujano. 

No tardó ni un segundo en ponerse manos a la obra….

Llegó el invierno. El ritmo de trabajo era constante, pero el dinero se estaba acabando. No había calculado el coste que supondría el traslado y todo el material médico. Esperaba tener un poco más de tiempo antes de ponerse a trabajar, pero no le quedó más remedio. No quería precipitarse, tenía que pensar bien cómo lo iba a hacer, porque practicar la medicina sin licencia en aquel lugar estaba mal visto y más por una mujer. No quería inspecciones de la policía. 

Comenzó la labor con pocas personas, mujeres a las que conocía y con las que había forjado una buena amistad en aquellos meses. Su intención no era hacer grandes cosas, pero esa idea no duró mucho. Los primeros casos eran sencillos y fáciles de revolver con cualquier medicina. Pero ¿quién se podría negar a curar enfermedades desconocidas? Para ella y para cualquier amante de la ciencia era un reto que no podía dejar pasar. El corazón le latía rápido y notaba la emoción cuando las manos le temblaban. 

Sin embargo, pronto se daría cuenta de que ese era un grave error. El lobo estaba cerca, muy cerca. Logró curar varios casos inexplicables, pacientes que llevaban años visitando especialistas sin resultado: la muerte era su destino. Pero ella miraba a la parca a las cuencas y le desafiaba. ¡Milagro!, gritaban por las calles algunos inocentes. ¡Hechicera!, mascullaban otros en sus casas. 

Incienso, humo, uñas, animales muertos, sangre… Cada vez era más habitual que todo aquello se perpetrara en la mente perversa de la gente. ¿Quién era aquella mujer y cómo se atrevía a contradecir a un médico? Brujería, eso es: una bruja. El sonido de una cuchilla afilada como el de una guillotina asoló el ambiente. El preludio de una sentencia de muerte. 

Con aquel revuelo formado por la joven curandera, las autoridades no tardaron en enterarse de lo que pasaba en la Casa Matusita. Un lugar que cada vez era más conocido por la gente, una bendición o una maldición según a quién le preguntes. 

Tras comenzar el verano, el cirujano contactó de nuevo con ella, ya se había enterado de su reputación y estaba deseando verla. Llegaría el 14 de julio a la ciudad. No se imaginó nunca que aquel mujer de rasgos persas sería como un sueño: una imagen nítida que se queda para siempre en tu mente, pero que no sabes discernir si pertenece o no a la realidad. 

La noche del 13 julio alguien golpeó con brusquedad su puerta. Estaba dormida después de un largo día de trabajo. La calle estaba a oscuras y en silencio, y un sudor frío impregnaba su camisón de seda negra. Toc.Toc.Toc. Los minutos se hicieron eternos hasta que abrió la puerta de madera que sonó por toda la manzana. «¡Santa inquisición!». Se sintió apresada por unas grandes manos y amordazada por una cinta desgastada. La llama de una vela fue lo último que vio de su casa. 

Sintió como sus pies descalzos sangraban al tropezar con una piedra. La trasladaron a algún lugar del país, a un zulo frío y oscuro. Solo entraba un poco de luz por una pequeña reja en la parte superior de la pared. Pero eso pasaba los mejores días, aquellos en los que descansaba de las palizas. Su mente daba vueltas como si se tratara de un sueño, ni siquiera recordaba quién era ni por qué estaba ahí. 

«¡Satanás se ha apoderado de ti!, ¿crees que no nos hemos dado cuenta? Tan joven, guapa y tersa, esa sonrisa diabólica y los milagros, ¡qué me dices de los milagros!», una voz ronca con sonata repetía esas frases una y otra vez. Después venía el agua, las cruces y finalmente los puñetazos. Raro era el día que no se desmayara tras la sesión, con el estómago inflamado que solo pedía comida a cada instante. A veces eran buenos y alguien venía con una esponja para que sorbiera un poco de agua podrida. La sed sin duda era lo peor. 

Veía sus uñas negras, una rata que merodeaba a su lado y la luna llena… Sentía una sensación extracorpórea, como si satanás se hubiera apoderado de su mente y luego de su cuerpo. Hacía con ella lo que quería, incluso tenía visiones macabras: le arrancaba la cabeza a ese señor vestido con una túnica y una cruz en la mano; en otras ocasiones un diablo negro con dientes afilados salían de un libro grande que se apoyaba en una mesa pequeña. Ella se asustaba y gritaba. A veces al oírla un guarda venía y volvían a empezar con la sesión, cada vez más intensas. El demonio se aferraba a ella, tenían razón, estaba perdiendo la conciencia y no podía controlar sus pensamientos. Notaba claramente la transformación. 

En su último intento de salvación, se levantó de la silla donde normalmente permanecía atada. Tenía las piernas torcidas, la piel negra y algunos mechones arrancados. Agarrando el camisón roído gritó: ¡soy seguidora del demonio y vosotros moriréis conmigo! Rió a carcajadas mientras sacaba esputos de sangre. 

El traslado fue rápido. Volvieron a la capital de nuevo para ejecutar la sentencia. «¡La santa inquisición condena a Parvaneh Dervaspa a la hoguera por realizar actos de brujería!». Pasaron por delante de su antigua puerta, ella la vio como en un sueño y recordó su instrumental, al cirujano y su vela con olor a lavanda. Con unas suaves palabras y una sonrisa triunfal condenó a aquella casa a una eternidad de oscuridad e infierno. Volvería a aquella casa, aunque fuese muerta. 

El día 23 de octubre de 1754 tras 3 meses de tortura, la joven ardió en la hoguera. Su piel se quemó y sus huesos rotos fueron desterrados a cualquier lugar desconocido para fundirse con la tierra. Pero su alma, ay, su pobre alma, se dirigió a la Casa Matusita para hacer pagar su sufrimiento eterno. 

Edificio actual en Lima (Perú)

Dónde se encuentra la casa Matusita...

Puedes visitar el edificio por fuera en una de las avenidas de la capital peruana. De hecho, plataformas online de viajes, por ejemplo, Tripavisor, lo indica como lugar de interés para los viajeros que visiten la ciudad de Lima. 

¡Sigue investigando con libros!

El secreto de la casa Matusita (novela de ficción sobre algunos de los hechos paranormales de los que se especula)

Referencias bibliográficas:

Ibáñez, José María. (2009). Enigmas y misterios. 13 lugares malditos. Es ediciones. 

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