Basajaun – El yeti que ronda los bosques

El basajaun

Cuenta una leyenda….

Varias ovejas salieron del vallado justo antes de que Pascual se diera cuenta. La noche se había echado encima y el poco calor que aún había asfixiaba más de lo normal, el verano se estaba alargando demasiado. Cerca de las montañas se podía ver la neblina causada por el calor extremo durante el día. Un suave viento comenzaba a acariciar la naturaleza.   

El tractor no alcanzaba la velocidad máxima debido a que tenía un problema grave en el motor, por lo que, desde hacía unos meses, recorría el mismo camino al doble de tiempo. Se decía una y otra vez que tarde o temprano tendría que comprar un tractor nuevo, pero ¿eso era lo más importante? Desde luego que no; lo más importante era comprar varias cabezas más para tener el ganado más grande que el de Facundo. Él solo contaba con cien y su enemigo directo ciento cincuenta. 

Cuando dejó el tractor a la derecha del granero, se dio cuenta de que una parte de la valla de madera había desparecido. Corrió los casi trescientos metros que lo separaba del lugar y miró en derredor, buscando un responsable. Vio que las demás ovejas estaban o tumbadas rumiando o casi dormidas por el terreno. 

—¡Mierda! —gritó—. Se quitó la gorra y la tiró a la tierra. Después, con una mueca en la boca, tocó los bordes de la madera y pensó en quién o cómo se había podido producir aquello. ¿Era posible que los lobos hubieran bajado del bosque para alimentarse? De repente, un vuelco en el corazón le hizo mirar hacia atrás. Apretó con tanta fuerza el tronco que sintió un dolor punzante en la mano derecha. 

Al darse la vuelta, y con la sangre agolpada en las sienes, se dijo que alguna oveja se habría podido escapar. Eran unos animales muy sumisos, pero había unos cuantos muy rebeldes. Como su sobrino, el pequeño, el que tenía cinco años y siempre cogía a alguna oveja por las orejas para montarla como si fuera un caballo. No pudo evitar sonreír un poco, pero decidió que lo mejor era meterlas en el cobertizo grande que tenía detrás de la casa. Menos mal que había hecho un pasadizo con las vallas de madera para hacerse el trabajo más sencillo. 

Agarró la gorra del suelo con una habilidad pasmosa, le dio varios golpes usando la pierna derecha y se la puso de nuevo. El sol ya se había escondido hacía unas horas, pero su gorra era lo más importante nada más abrir los ojos por la mañana, esta descansaba en la mesita de noche, junto a él. 

Cuando hubo metido a las ovejas en el cobertizo, corrió hacia su casa, agarró las llaves que tenía colgando del pantalón y abrió un armario de metal que tenía junto a la nevera, abrió la puerta derecha y asió un rifle de cerrojo del calibre 30-06. Sabía que era un rifle antiguo, pero era el más potente que tenía en el armero. Luego, con mucho cuidado, le introdujo cuatro balas, el resto se las guardó en el bolsillo del pantalón. Algunas se cayeron al suelo, pero no las recogió, era más apremiante ir a buscar a las ovejas y matar a los lobos si se atrevían acercarse a él o a algunos de los animales.

Adentrado en el bosque, el sotobosque le llegaba por los gemelos, es decir, una buena altura como para ver si había alguna trampa. Su enemigo número uno, Facundo, había inundado los alrededores de cepos, y, si pisaba alguno, ya se podría despedir del pie o de la pierna, eso si no servía de alimento a los lobos o a los zorros que rondaban los alrededores. Pero, siguió caminando con la mente puesta en encontrar a sus animales. Caminaba con piel de plomo por si detrás de algún árbol o matorral se encontraba un lobo, o algo peor; también se podía encontrarse con un oso, en pleno verano es fácil encontrárselo si están buscando comida para cuando llegue de nuevo el invierno.

De todas formas, un disparo lo ahuyentaría sin problemas, además, en los años que llevaba viviendo allí no había tenido ningún problema con un oso, los había visto, pero nada más. A su derecha escuchó un ruido, como si una rama se rompiese. La sangre que le agolpó en las sienes, puntos diminutos se instalaron en su campo de visión, provocándole un aturdimiento, las pulsaciones se le dispararon y las piernas le comenzaron a temblar.

Un movimiento de hojas hizo que se girase hacia la derecha. Después las hojas sonaron a su izquierda. El sudor le resbalaba por el cuello hasta perderse en la camisa, que lo absorbía sin problemas. Sus piernas estaban clavadas en el suelo, como si le pesaran toneladas. No era capaz de levantar el arma para apuntar, porque, aparte de no ver nada, las fuerzas se esfumaron con el primer movimiento de las ramas y hojas.

Y en ese momento, vio algo, una sombra, un rastro de sotobosque arrancado de la tierra, puede que fuera su reflejo impregnado de sudor y terror. Intentó correr, abrir los ojos lo más que pudiera y ver más allá de las cortezas de los árboles, pero no era posible, su cuerpo seguía clavado. Levantó el rifle usando toda su fuerza mientras ponía una mueca de dolor, sus músculos estaban agarrotados, apuntó hacia lo que creyó que era un lobo y disparó. De la nada, un potente silbido hizo que sus extremidades se relajasen. Cayó al suelo y perdió el conocimiento con una sensación de tranquilidad y libertad, las ovejas quedaron en un segundo plano. 

Cuando despertó, ya había amanecido. Se encontraba sobre una capa espesa de sotobosque, junto a un árbol de tronco generoso que le ofrecía una protección perfecta. Miró en derredor y vio que el rifle seguía a su lado. Respiró hondo, se levantó y se palpó todo el cuerpo en búsqueda de alguna herida; después se pellizcó los brazos y se dio varias bofetadas con cariño, por si todo aquello fuera un sueño. Pero no, estaba en la más y absoluta realidad. El rocío de la mañana le alertó. Tenía que volver a casa para ver si había ocurrido algo extraño con su ganado. Y mientras casi corría, sintió que su cuerpo estaba como nunca, como si hubiera tenido las mejores vacaciones del mundo. Nunca había dormido así en los años que llevaba como ganadero.

Una vez delante de la puerta del cobertizo, abrió la puerta grande e hizo salir a las ovejas una a una para contarlas de nuevo, no sin antes poner una chapa metálica amarrada con cuerdas y bridas en el trozo de vaya que faltaba. Al cabo de unos lagos minutos, la última oveja, la número cien, salió al terreno balando como todas las demás. Pascual miró hacia el bosque, donde una suave brizna movía las hojas de los árboles, sonrió y pensó que lo que vio antes de dormirse no era un lobo, sino la cosa más aterradora y maravillosa de la tierra. El Basajaun. 

***

Cuenta la leyenda que antes de que los romanos conquistaran España, un ser de proporciones gigantescas ya caminaba por los bosques. Su cometido era protegerlo. Pero no solo era capaz de eso, también parecía tener cualidades mágicas. Rara vez era agresivo, sino todo lo contrario. Su cuerpo estaba repleto de vello, el cabello le llegaba hasta las rodillas. disponía de unas pezuñas grandes, las cuales dejaba marcada en la tierra. Con el paso del tiempo este ser aprendió todo lo que nosotros sabemos ahora, cosa que aprendimos de él. 

Mucho más tarde, cuando los romanos dejaron España, se adentró en los bosques vascos y se quedó allí, viviendo entre sus árboles y protegiendo el ganado de los ganaderos de los alrededores. Cuando se aproxima tormentas o un lobo hambriento está merodeando, con su fuerte silbido los ahuyenta y pone en alerta a los ganaderos. Muchas veces, en mitad de la noche, hace sonar los cencerros de los animales para que los humanos se queden tranquilos, él está protegiendo a los animales. 

Se dice que tiene una regla muy clara, si no le haces daño y cuidas su casa, te protegerá, pero si haces lo contrario, puedes que tengas tan mala suerte de que se te acerque cuando no te des cuenta y de mate con su fuerza sobrehumana. Así, lo mejor será que protegemos su casa, cuevas y alrededores, para que nos ayude a protegernos de bestias malignas que quieran atentar contra nuestras vidas y las de nuestros animales. 

Referencias bibliográficas:

España Fascinante. (2021, 8 abril). Leyendas del Norte Cap. 7: El Basajaun, el señor de los bosques vascos. https://espanafascinante.com/leyenda-de-espana/leyendas-de-pais-vasco/leyendas-norte-cap-7-basajaun-senor-bosques-vascos/

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